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miércoles, 8 de agosto de 2018

Dódici: dopo la follia, speranza


No es “La 12” de Boca, ni tampoco los 12 del patíbulo… aunque pasaron por el infierno. Son algunos menos pero se bautizaron así por haber pasado de la Sala 11 del Vilardebó (espacio donde purgan condena los inimputables), para la Sala 12 donde se recuperan quienes están en vías de superación de aquel estado de alienación y cumplen medidas curativas. Son jóvenes que sufrieron brotes sicóticos que los llevaron a cometer delitos violentos en el seno mismo de sus familias, hogares a los que ya no pueden volver. Se autodenominan “Dódici” (doce en italiano), y están al frente de un emprendimiento que les abrió las puertas a la vida misma. Son “los pibes del lavadero del Vilardebó...”
Del infierno al purgatorio

Pacientes equizofrénicos que provocaron episodios sangrientos en el seno de su familia -la mayoría del interior del país- forman parte de este colectivo que puja por abrirse un espacio de inclusión junto a Selva Tabeira, una especie de madrina que lidera desde hace más de una década al grupo, llevándolos a incursionar en un emprendimiento comercial que viene cosechando logros.

Se trata de un lavadero conformado por pacientes que lograron evolucionar en sus patologías y abandonaron la conocida Sala 11 e incursionaron en los talleres de la Sala 12 donde se aplican medidas curativas que permiten a los protagonistas creer en un presente y apostar por un futuro diferente.

Atravesaron el infierno en medio de los brotes sicóticos que les llevaron un día a ser agresivos protagonistas de episodios de sangre muy graves, contra familiares o personas de su entorno, emprendiendo un viaje sin regreso. Casi todos son del interior del país, donde todo pueblo es chico y no hay espacio para quienes se convierten en victimarios -sin importar si eran o no dueños de sus actos- en razón de su inimputable raciocinio.

Seguramente estarían aún en el más profundo de los abismos si no hubiera estado Selva para tirarles ese cable salvador que los rescató, al punto de convertirlos en pujantes trabajadores a fuerza de voluntad y sentido de superación personal que cada uno puso a la hora de dejar ayudarse.

Cometieron sus delitos en el seno familiar, agrediendo -algunos muy gravemente- a un ser querido y eso los expulsó al exilio. No eran dueños de sus actos, reaccionaban con violencia fruto de una abstinencia maldita o por alguna patología no tratada que los llevaba a enfrentar a sus afectos con extrema e inusitada violencia. No fueron capaces de entender lo que hacían, y la sanción se sustituyó por medidas de internación que los separó para siempre de aquel rincón familiar. Del pueblo pasaron al exilio a sabiendas que ya no podrían volver atrás.

Maná y una pared solidaria

Son 7 hombres y 1 mujer los que llevan adelante un emprendimiento comercial que hace posible visualizar una ruta de salida. Los mantiene ocupados, esperanzados en poder cristalizar su emprendimiento que -de a poco- se va consolidando como exitoso. Tuvieron la oportunidad y no la desperdiciaron, y la tuvieron a Selva, guía espiritual y consejera de lujo que los organizó para conformar la cooperativa. La bautizaron “Dódici” (doce) para hacer honor a esa Sala 12 que les permitió sortear la privación de libertad para ensayar un camino de rehabilitación por el trabajo. Un trabajo digno que tiene una tarea pesada de ser el lavadero del Hospital Vilardebó, con todo lo que ello implica. Unos 8000 kgs por mes pasan por sus manos (unos 400 Kg diarios), para los que se hacían necesarias varias concreciones que fueron dándose no sin esfuerzo.

Había que obtener agua y se hicieron dos pozos artesanos (a mano), que son los que nutren del vital elemento para la tarea. Maquinaria obtenida por donaciones y préstamos gestionados fueron permitiendo mejorar el local acondicionado para el emprendimiento. Y en las últimas horas recibieron otra caricia que era imprescindible para poder tener mayor utilidad en su negocio: un vehículo.

El gasto de flete diario era un costo insostenible hasta que llegó la noticia de la cesión en comodato de una camioneta desafectada de Bomberos que el Ministerio del Interior entregó hace pocos días para que la cooperativa tuviera su vehículo propio.

El lavadero (ubicado en la calle Democracia y Hocquard), funciona en un predio cedido por ANEP; allí se construyó el galpón que alberga a las dos lavadoras industriales (de 24 y 22 kg de capacidad) que funcionan automatizadas y utilizan productos biodegradables no contaminantes. “Todo está automáticamente controlado en cada lavado”, apunta Marcelo, mientras carga una de las máquinas.

Una planchadora industrial fue producto de una donación de Fer, el vocalista de Maná, en ocasión de su visita a Uruguay donde conoció el proyecto y ofreció su ayuda que se cristalizó con dicha compra. A la entrada del local, una pared de acceso está pintada con los nombres de todos y cada uno de los voluntarios donantes que han colaborado con este proyecto que trabaja lavando la ropa de los 300 internos con que cuenta el Hospital Vilarderbó (uno de los clientes más fuertes del emprendimiento).


La Cooperativa Social “Dódici” está integrada por: Marcelo, Marcos, José Luis, Jorge, Estéfani, Martín, Fabián y Alexis, con la asistencia honoraria de Selva, una verdadera madrina que los protege, orienta y empuja, organizando al grupo para que pueda seguir funcionando de manera autónoma. “Es un permanente aprendizaje todo”, expresa y en su rostro se dibuja una sonrisa que contagia optimismo.

“Son personas que han cometido de los delitos más graves que uno pueda imaginar, pero lo hicieron presos de un brote sicótico que no dominaron y al que hay que atender para que no recaigan… cuidar que tomen la medicación… todos me han demostrado que pueden y quieren salir adelante”, manifiesta mientras los mira orgullosa entre sábanas planchándose y ropas de vestir sacándose de la secadora industrial.

Todo comenzó con el Taller Sala 12 de capacitación de oficios (herrería, carpintería y serigrafía); con el cambio de régimen a medidas curativas dejan la Sala 11 y pasan a la 12 y con ese pasaje a la casa El Trébol, donde se impone el trabajo cooperativo como forma de organizar el empleo para que abarque a la mayor cantidad de internos posibles. Los miembros de la “Dódici” perciben un salario mínimo nacional (además de una pensión) y la idea de la cooperativa es mantener ese nivel de ingreso para que puedan incorporar más gente al emprendimiento.

Hoy trabajan en régimen de dos turnos (7:00 a 17:00 y 23 a 7:00), pero con la incorporación de otra máquina esperan dejar el horario nocturno y que todos trabajen en horario diurno.

El futuro inmediato los tiene enfocados en la creación de otra cooperativa a la que denominarán “Hamabi” (doce en vasco), enfocada en la construcción de viviendas para los internos que se vayan sumando al programa. 

Las ganas sobran, el impulso lo tienen, enfocados en sus proyectos dejaron atrás los tristes episodios que vivieron y los depositaron en un hospital psiquiátrico. Pujan por salir adelante y llevan varios años de “entrenamiento” que confirman el rumbo iniciado (“cero incidente”, afirma Selva).

La madrina sigue acompañando a sus ahijados, orgullosa con la novel adquisición de una camioneta para el lavadero mientras sueña con incorporar más máquinas y hacer reformas a un espacio construido por ellos mismos.

Esto es Dódici, después de la locura, la esperanza...

el hombre los vio sonreír,
el perro también...

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