Traductor

jueves, 10 de marzo de 2016

Todos somos responsables

Que la sociedad uruguaya está en crisis no es ninguna novedad, pero no por obvio debemos aceptarlo sin hacer nada, como si esa fuera una condición determinada e imposible de modificar. Si llegamos a este estado de situación es porque hicimos o no hicimos algunas cosas que debimos no hacer o hacer, según el caso. Ahora bien, ¿nos vamos a quedar lamentando?. No!! De ninguna manera, así como somos todos responsables es esa misma responsabilidad que nos compete la que nos legitima y obliga a hacer los movimientos necesarios para revertir este estado de situación. Es hora de reaccionar y decir basta a tanta barbarie a riesgo de que sea demasiado tarde...


No todo vale

Nos organizamos para vivir en sociedad y lo hacemos renunciando a determinadas libertades precisamente para beneficio de ese colectivo en el cual nos “refugiamos”. Desde que el hombre se irguió en sus extremidades inferiores (y aún antes), la vida gregaria fue parte de su historia y allí mismo comenzó a dictarse reglas de conducta que eran necesarias para poder convivir en grupo. Renuncias y beneficios garantizados por esas abdicaciones individuales, dieron razón a siglos y siglos de evolución humana.

Aún con esa organización lograda existieron siempre los excesos y a cada uno le siguió una regla que lo corrigiera. Así como se fue construyendo la compleja trama de normas de conducta ningún sistema organizacional ha podido evitar el deterioro social que parece asociado al desarrollo humano. 

Uruguay no fue ni sería la excepción. Pasamos épocas de crisis muy duras, salimos potenciados de las mismas en términos económicos pero esa superación no se produjo en términos de conductas sociales. La mejora de los números y de los ingresos, la baja de la pobreza en guarismos históricos no se corresponde con iguales datos en términos de violencia e inseguridad. Y solo se nos ocurre una explicación posible y es que los cambios que se necesitan son culturales y estos requieren tiempo adicional para operarse.

No basta con que los uruguayos ganen mejores sueldos, sean menos pobres, tengan grado inversor o haya crecido el turismo a pesar de augurios contrarios; para modificar ciertas conductas hace falta dedicación y tiempo... mucho más tiempo que el que se precisó para generar el deterioro.

Seguramente los sociólogos podrán ofrecer una mejor explicación pero hoy vemos comportamientos sociales que son producto de la evolución desenfrenada donde los cambios tecnológicos se imponen e impactan de tal forma que muchas veces se nos escapa de las manos. El ejemplo más claro son las redes sociales, donde todo se viraliza sin control y sin pudor. No se chequea nada o se chequea muy poco; manda ser el primero y compartirlo primero sin importar si lo que se comparte es cierto o - que sería lo lógico- si lo que se comparte genera algún efecto positivo. Detenernos a pensar es lo que falta, pensar en las consecuencias de lo que vamos a difundir o hacer, pensar en el otro.

Todos somos responsables. Lo somos cuando vemos los contenedores llenos y dejamos nuestros residuos fuera del mismo acumulando basurales. Somos responsables cuando cruzamos con roja (peatón o conductor), cuando leo o envío un mensaje mientras conduzco, cuando me quejo de la inseguridad pero no denuncio o fomento la no denuncia, cuando alimento la mentira por las redes sociales sin chequear los contenidos.

Tras la muerte de un ciudadano uruguayo en Paysandú -miembro de la colectividad judía- se desató una reacción en cadena sobre el perfil del homicida y las supuestas advertencias que jamás llegaron sobre el mismo. La pérdida es irreparable, y ello aumenta nuestra responsabilidad por no haber sido todo lo contundente que debimos ser para advertir en tiempo útil aquel comportamiento, si es que hubo advertencia. 

No encuentro otra explicación para lo que nos está pasando que no sea el egoísmo, ese accionar individual que nos llevó a encerrarnos en nuestro micro mundo sin importar lo que hace o deja de hacer el que tenemos al lado. Pero luego, cuando ese desconocido  que tuvimos tan cerca actúa contraviniendo todas las reglas y nos afecta o afecta a alguien de nuestro entorno allí reaccionamos... tarde.

No estoy pidiendo hacer costumbre la delación por sospecha, sino simplemente el compartir más espacios, pensar en el otro, en los entornos amigables para que los disfrutemos todos y nos conozcamos mejor. Eso hace parte de la vida social: la convivencia. 

Si soy capaz de pintar la fachada de mi casa, de limpiarla y mantenerla ordenada y prolija, ¿porque no somos capaces de hacer lo mismo con mi barrio? ¿Por qué la vecina barre la basura del frente de su casa para la del vecino, o al medio de la calzada? Eso que parece tan banal, tiene mucho que ver en esas conductas que fuimos deteriorando hasta llegar a ese individualismo que es necesario revertir. 

Si veo un hecho delictivo debo denunciarlo. No voy a sustituir a la Policía, no voy a arriesgarme incluso dando mi nombre si el caso insume algún riesgo, allí hay mecanismos de protección que garantizan el anonimato. Participación ciudadana que le dicen, no para hacer de Policía sino para contribuir a mejorar la seguridad sin asumir riesgos.

Los delincuentes son mucho más inteligentes, así nos lo hacía saber Jorge Melguizo en su visita a Uruguay invitado por el Ministerio del Interior. Ellos cuidan su negocio, copian buenas prácticas que lo hacen crecer, se organizan, actúan en colectivo. Enfrente, nosotros, la sociedad, nos encerramos, nos fragmentamos aumentamos nuestras debilidades cuando deberíamos hacer lo contrario.

Allí radica nuestra mayor responsabilidad, la de abandonar espacios en lugar de ocuparlos y mejorarlos para que los ocupemos llenándolos de familias. Solo cambiando esas conductas derrotistas e individuales podremos avanzar en curar esta sociedad que se ha enfermado de egoísmos.

Soy/somos todos responsables. 


el hombre asumió su parte,
el perro ladró su culpa...

No hay comentarios:

Publicar un comentario