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lunes, 14 de septiembre de 2026

Lo que falla es el control...

Una vez una alta jerarquía policial me dijo que la orden es tan solo el 10% de cualquier gestión y que lo más importante, o sea el 90% restante, lo es el control de que esa orden se cumpla. Esa lógica que parece tan simple se puede trasladar a cualquier orden de nuestra vida y en la gestión pública mucho más. Es en ese espacio donde más sufrimos las consecuencias de ese importantísimo porcentaje que hace naufragar hasta el más encumbrado o elaborado proyecto, el control. En esta oportunidad voy a referirme a algo tan cotidiano para los uruguayos como es la gestión de los residuos, particularmente en la ciudad capital, donde se aprecia el esfuerzo de una administración que va construyendo resultados. A pesar de ello, en algunos barrios, lo que falla es el control...

Contener la basura

La contradicción misma está en los objetos que han copado los barrios en procura de mitigar lo que la ciudad genera en materia de residuos domiciliarios. El viejo camión recolector dejó su lugar a esos grises o verdes artefactos capaces de digerir cientos de kilogramos de basura sin clasificar que generamos en nuestros hogares. Es que la modernidad trajo consigo una abrumadora catarata de consumo que no solo refleja el poder adquisitivo de una sociedad, también trae aparejada consecuencias inmediatas como el incremento de la basura asociada al mismo.

Lamentablemente la gestión de los residuos no se acompañó con una educación adecuada que permitiera administrar lo que desechamos de manera de clasificar correctamente los residuos generando ahorros y mejorando la calidad de vida de todos. Ese rezago es un indicador del nivel que tiene nuestra sociedad en la materia al tiempo de marcar un diferencial con el resto del territorio, porque es innegable que el interior uruguayo tiene una cultura diferente que se aprecia en sus entornos y que contrasta de forma notoria con la ciudad capital.

Es importante el esfuerzo que hace la intendencia, que tiene el enorme desafío de cambiar una realidad de la que somos únicos responsables los habitantes de Montevideo. Los mismos que reclamamos por mejorar el servicio pero que generamos la suciedad que abruma y desborda los contenedores. Esos que son luego objeto de vandálica revisión tanto por hurgadores ocasionales en busca de algún objeto para rebuscarse como por quienes hacen un uso electoralista del desparramo intencional de la mugre.

Tanto sea por una u otra razón, la falla sigue estando en la ausencia de los controles, esos que aseguran el mejor resultado siempre. Ahí perdemos el partido principal de toda gestión, cuando fallamos en la ejecución de cualquier programa por falta de un elemento principalísimo como es el seguimiento y contralor en la ejecución de la política pública dispuesta.

Gestionando y educando

La realidad montevideana se nutre de muchas causas que originan un deterioro evidente en algunos lugares de la ciudad capital. Particularmente la limpieza es responsabilidad principal de la comuna junto a los municipios que participan de la tarea en sus zonas de influencia. En este punto, la idea de los contenedores domiciliarios está recogiendo sus frutos al eliminar a los de uso público (que son objeto de vandalismo) y mejorar la gestión de los residuos en lo que refiere a clasificación de los mismos y la generación de los residuos orgánicos con sus composteras dispuestas a ese fin.

Y ahí nace uno de las principales pilares de esta iniciativa ya que involucra a los vecinos enseñando a gestionar - de forma eficaz y responsable - lo que se desecha para generar recursos aprovechables de su propia basura. Es un “ganar/ganar” ya que es notorio el cambio en los barrios donde esta medida está siendo aplicada. Calles y veredas limpias donde antes habían contenedores desbordados y basurales acumulados; rincones que se llenaban de ratas que hoy han desaparecido, en una mejora de la gestión que hay que destacar como se merece.

Claro que esto no será posible si no hay involucramiento de todos, porque la ciudad más limpia no es la que más se barre sino la que menos se ensucia y en ese último punto entramos todos.

Hay una realidad que se asocia a este tema y es la población en situación de calle, esa que encuentra en los contenedores de basura un lugar del cual obtener algún objeto que pueda aprovechar como material de cambio para su sustento. Pero, tampoco seamos ingenuos porque no son los únicos; hay también una intencionalidad política de erosionar a una administración que lleva varias décadas goberrnando y a la que pretenden desplazar como sea. Ahí hay vandalismo intencional.

Controlando

Sea cual sea la razón de los contenedores desbordados, vandalismo, hurgadores, gente en situación de calle o mala gestión de los recolectores asociados al servicio, la principal actividad que permite evitar esos desvíos es el contralor. Porque es en gran medida la razón del éxito (o del fracaso) de cualquier propuesta.

Basta de ponernos excusas al momento de intentar que una política pública funcione, porque en el tema de la basura cada quien tenemos una parte de responsabilidad. Ahora bien, si los vecinos nos ponemos en modo clasificador y gestionamos con responsabilidad los residuos que vamos generando, también es necesario que los responsables de la gestión pública hagan lo propio controlando que eso funcione y no quede en meros impulsos individuales.

La evidencia -que aún es poca pero consistente-  viene dando la razón a una gestión que empieza a mostrar resultados en los barrios que ya se aplica. 

No hay soluciones mágicas ni mucho menos, toda gestión necesita de la participación ciudadana para lograr sus objetivos. Y en este tema es fundamental que la sociedad se involucre para ser parte de la solución.

Una solución... controlada.

el hombre separaba la basura,
el perro clasificaba en la cucha...


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