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lunes, 16 de marzo de 2026

Marset, la caída

No sería un viernes 13 cualquiera, ese día -en el que el ingenio popular aconseja ni casarse ni embarcarse- sería la profecía autocumplida para “un narco peligroso y pesado” de nacionalidad uruguaya que se convirtió en el Pablo Escobar de la era moderna, según la Drug Enforcement Administration - DEA. Ese día en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, caería Sebastián Marset, el tercero más buscado por dicha agencia, Triste y humillante podio para el Uruguay de este siglo. La caída del narco uruguayo dejó muchas dudas, tantas como las que genera la desinformación que inunda las redes sobre la guerra en Medio Oriente. Un tipo peligroso que contó con el favor de izquierdas y derechas, dejando en claro que Don Dinero no es ni zurdo ni facho, es ambidiestro...

El escudo del Capitán América

Ni lento ni perezoso los medios y voceros afines a la derecha internacional se hicieron eco de una victoria como si el reciente grupo conformado por Trump (Escudo de las Américas), hubiera sido el principal responsable de la caída de Marset. Era un caso cantado que lo dirían, a pesar de no tener la certeza ni la responsabilidad en un caso que se venía gestando muchos meses antes de que este grupo se hubiera conformado.

La rapidez con que salieron a proclamarlo lleva a pensar en una suerte de oportunismo político en medio de un ambiente mundial controvertido y abrumado por los reveses que lleva la guerra en medio oriente para los intereses occidentales. Una victoria que distrae -por un momento- la atención de la ciudadanía estadounidense que empieza a sufrir en su bolsillo, las consecuencias de las decisiones de su presidente.

Un presidente que enfrenta acusaciones muy graves de pedofilia y abusos sexuales tras la divulgación de los archivos Epstein y que mantiene varios frentes abiertos a gran escala que parecen convertirse en una especie de escudo que desvía las acusaciones mientras el mundo sufre las consecuencias de sus acciones ¿de distracción?

Todo puede ser en este contexto tan convulsionado que no da respiro y donde la peor parte la sufren quienes menos tienen que ver o hacer al respecto. Sufridas víctimas que ya no pueden vivir ni respirar en paz en sus territorios ante la amenaza que llueve desde el cielo en forma de misil.

En medio de todo ese clima hostil y perverso, la caída del narco uruguayo fue un duro golpe que, aunque demorado, se esperaba. El cambio de gobierno en Bolivia lleva a pensar que hubo alguna especie de complicidad de las autoridades salientes que permitió que se manejara con absoluta impunidad, hasta desafiante incluso, a través de salidas mediáticas que podían revelar su paradero. A todas luces es plausible pensar que hubo complicidades oficiales que le permitieron a Marset disfrutar en libertad todos estos años desde que el gobierno uruguayo (de centro derecha multicolor) de la época le otorgó el salvoconducto que lo liberó de una prisión en Dubai.

Ni izquierdas ni derechas

La situación de Marset deja en claro que a la hora de las definiciones ideológicas la única que mueve al narcotraficante es la del dinero. Y con este instrumento es capaz de corromper voluntades más allá de las ideas. Así parece demostrarlo no solo el tiempo de impunidad que pareció “regalarle” el gobierno boliviano durante la pasada administración (según varias fuentes informativas), sino -también- el salvoconducto que supo darle en su momento el gobierno de centro-derecha de Lacalle Pou cuando le otorgó un pasaporte exprés mientras cumplía prisión en Dubai por portar un pasaporte paraguayo falso.

Esa expedición del documento de viaje oriental fue un escándalo que se cobró dos ministros con sus correspondientes viceministros junto a un asesor presidencial de un Presidente que “pasó a saludar” mientras estos discutían la destrucción de documentos públicos. Una causa que aún resta dilucidar en la justicia y por la que tendrá que declarar Lacalle Pou, entre otros protagonistas de la época.

En este punto entonces la conclusión es clara en cuanto que a la hora de adjudicar responsabilidades no se salva nadie por razones ideológicas ya que la corrupción no es ni de derecha ni de izquierda, es de personas que vulneran la confianza y se ven tentados por el dinero que prometen en abundancia los narcotraficantes.

Esa es la principal enfermedad que hay que combatir para que no permee ninguna estructura de gobierno, porque una vez que lo logra se disemina como una epidemia muy difícil de controlar; mucho menos de revertir.

La caída de Marset encierra muchas dudas como no podía ser de otra manera, pues lo detuvieron mientras dormía en medio de una zona residencial de Santa Cruz, Bolivia y sin ofrecer resistencia. Dudas que se disparan especulando sobre las posibles implicancias que pueden sobrevenir ahora si es que se dispone a hablar sobre las complicidades que le permitieron tantos años de impunidad siendo prófugo de la justicia internacional.

Muchos deben estar nerviosos y, seguramente, hasta hubieran preferido que lo abatieran en un enfrentamiento. Otros especulan que acordó su entrega a cambio de silencios que no permitirán conocer la verdad sobre sus contactos y negocios. 

Y los hay quienes esperamos -todavía- que la verdad de los hechos salgan a la luz caiga quien caiga, sin importar si es de derecha o es de izquierda.


el hombre esperaba un juicio,
   el perro olfateaba un rastro...

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